San Gabriel Arcángel “Mensajero de Dios”: el escogido para anunciar la llegada del Salvador

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Mensajero de Dios
San Gabriel Mensajero de Dios
El escogido para anunciar la llegada del Salvador.

Entre los acontecimientos que cambiaron para siempre la historia de la humanidad, pocos poseen la grandeza de la Anunciación. En Nazaret, Dios quiso comunicar a la Santísima Virgen que había sido escogida para ser la Madre del Salvador. Y para llevar un mensaje de tal importancia eligió a San Gabriel Arcángel.

Su nombre significaría “fuerza de Dios” o “poder de Dios”, y la Sagrada Escritura lo presenta como un mensajero especialmente ligado a los designios divinos. Aparece ante el profeta Daniel para ayudarlo a comprender sus visiones y, siglos después, es enviado a Zacarías para anunciarle el nacimiento de San Juan Bautista. Sin embargo, su misión más conocida y sublime sería aquella que lo llevaría hasta la presencia de María Santísima.

Un anuncio esperado durante siglos

Todo el Antiguo Testamento preparaba la llegada del Mesías. Las promesas hechas por Dios, las palabras de los Profetas y la esperanza del pueblo elegido parecían convergir en aquel instante.

San Gabriel se presentó ante la Santísima Virgen para comunicarle que había hallado gracia ante Dios y que sería la Madre del Mesías. María, con profunda humildad, preguntó cómo se realizaría aquello; después de escuchar la explicación del mensajero celestial, pronunció su “fíat” (hágase): aceptó plenamente la voluntad de Dios.

De esta manera, San Gabriel fue testigo de uno de los “Sí” más importantes de la historia: la respuesta de María que abrió paso al misterio de la Encarnación.

Un arcángel especialmente unido a María

Además, la misión del arcángel le exigía convivir con María desde los primeros momentos de su existencia. Era necesario que analizara sus actitudes, su modo de pensar, sus movimientos interiores, para que, llegada la gran hora de representar al divino Espíritu Santo, pudiera entregarle el mensaje de una manera bella, atrayente y santamente diplomática, de suerte que moviera el corazón de María, en su humildad perfectísima, a decir «sí». Entonces, debe haberse establecido entre ambos una relación a la manera de la que tiene un ángel de la guarda con su custodiado.

Nos lo podemos imaginar en el nacimiento de Nuestra Señora, tomándola en sus brazos, cubriéndola con sus alas y demostrándole el desvelo de un verdadero padre; desvelo éste que se manifestaría, principalmente, en el período en que Ella estuvo en el Templo en ausencia de sus progenitores, San Joaquín y Santa Ana. Y en los momentos en los que la Virgen, por ser una criatura sublimísima, se veía rechazada por quienes la rodeaban o cuando se sentía inexplicable a sí misma por no comprender su propia grandeza, también San Gabriel habría estado junto a Ella, iluminándola, reconfortándola.

En suma, el arcángel era para Nuestra Señora la propia presencia de Dios y de su infinito amor por Ella.

¿Qué puede enseñarnos hoy San Gabriel?

La Anunciación probablemente fue el ápice de la misión de San Gabriel, pero no su última actuación junto a Nuestra Señora. Como sabemos, los ángeles son los que presentan a Dios nuestras oraciones y los que también nos custodian en el camino hacia la eternidad. Por lo tanto, incluso después de llevada a cabo la Encarnación, San Gabriel «continuaría su ministerio marial, sirviendo de intermediario entre Dios y la Virgen Santísima».

También nosotros estamos llamados a anunciar la Buena Nueva con nuestra vida. En medio de tantas voces, preocupaciones y noticias que llenan nuestros días, San Gabriel nos recuerda que existe un anuncio que nunca pierde su actualidad: Dios ha venido al encuentro del hombre y desea conducirnos hacia Él.

Al acercarse la fiesta de los Santos Arcángeles, pidamos a San Gabriel que nos enseñe a escuchar con atención la voz de Dios, a responder con generosidad a sus llamados y, siguiendo el ejemplo de María Santísima, a recibir sus designios con confianza.

Si queremos poseer una verdadera devoción a la Santísima Virgen, pidamos el auxilio y la intercesión de San Gabriel. Con afectuosa solicitud, no tardará en elevarnos y unirnos a Ella, convirtiéndonos en almas verdaderamente marianas.

Dejémonos encantar por el amor de ese excelso espíritu celestial y envolver por su purísima presencia. Bajo sus alas protectoras, no nos equivocaremos en el camino de la perfección, el cual para nosotros, los católicos, se llama: María.

San Gabriel Arcángel, mensajero de Dios y servidor fiel de la Santísima Virgen, ruega por nosotros.

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