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Con espada y armadura, venciendo al dragón y levantando su mirada hacia el Cielo. Así suele representar el arte cristiano a San Miguel Arcángel, una imagen que resume una verdad mucho más profunda: existe una lucha entre el bien y el mal, pero la victoria pertenece a Dios.
Su propio nombre anuncia esta certeza. Miguel significa “¿Quién como Dios?”, una pregunta que proclama que ninguna criatura, ningún poder y ninguna fuerza puede compararse con el Creador.
El príncipe de la milicia celestial
El Libro del Apocalipsis presenta a San Miguel encabezando a los ángeles en la batalla contra el dragón y sus seguidores. La imagen manifiesta su fidelidad absoluta a Dios frente a la rebelión de aquellos espíritus que se apartaron de Él.
La tradición espiritual ha visto en San Miguel al gran defensor de los derechos de Dios. Frente a la soberbia y la rebelión, su respuesta es la fidelidad. Frente a quienes pretenden ponerse en el lugar del Creador, su nombre proclama: ¿quién puede compararse con Dios?
Por eso la devoción a San Miguel no debe entenderse solamente como la admiración hacia un poderoso guerrero celestial. Su mayor grandeza está en aquello por lo que combate: la gloria de Dios y el cumplimiento de su voluntad.
Protector del pueblo de Dios
La Sagrada Escritura lo presenta también como el “gran príncipe” relacionado con la defensa del pueblo elegido. Con el nacimiento de la Iglesia, la tradición cristiana continuó reconociendo en él a un particular protector de los fieles frente a los ataques del mal.
Esta misión adquiere un especial significado al contemplar las numerosas dificultades que la Iglesia ha atravesado durante su historia. Persecuciones, divisiones y ataques de distinta naturaleza no han logrado destruirla. La imagen de San Miguel recuerda que la Iglesia no camina sola y que su destino último no depende únicamente de fuerzas humanas.
¿Cómo será ese feliz día, cuando el dragón sea arrojado definitivamente al abismo?
Acerca del cuándo, no hay nada que decir; el futuro le pertenece a Dios… Pero sobre el cómo, muchas revelaciones privadas nos proporcionan alguna idea.
Al respecto, es bastante esclarecedor lo que afirma la Beata Ana Catalina Emmerick, gran mística del siglo XIX. De entre los velos simbólicos de los que la narración está llena, podemos discernir algunos contornos de lo que será el embate postrero:
«He visto nuevamente la iglesia de San Pedro con su gran cúpula. Sobre ella resplandecía el arcángel San Miguel, vestido de color rojo, teniendo una gran bandera de combate en las manos. La tierra era un inmenso campo de batalla. […] La iglesia era de color sangriento, como el vestido del arcángel. Oí que me decían: “Tendrá un bautismo de sangre”. Cuanto más se prolongaba el combate, más se apagaba el vivo color rojo de la iglesia y se volvía más transparente».6
Casi tres años después, Ana Catalina Emmerick anotaría una nueva revelación, en la que da más detalles sobre esa purificación de la Iglesia en plena refriega:
«He visto la iglesia de San Pedro del todo destruida, excepto el coro y el altar mayor. San Miguel, armado y ceñido, descendió a la iglesia, y con su espada impidió que entraran en ella muchos malos pastores, y los impelió hacia un ángulo oscuro. […] Todo lo que había sido destruido en la iglesia fue reconstruido en pocos momentos, de suerte que pudiera celebrarse el culto divino. Vinieron sacerdotes y legos de todo el mundo trayendo piedras para reedificar los muros, ya que los cimientos no habían podido ser destruidos por los demoledores»

Una batalla que también se libra en nuestro interior
La lucha entre el bien y el mal no ocurre únicamente en grandes acontecimientos históricos. Se presenta cada día en las decisiones de cada persona.
Cada vez que debemos escoger entre la verdad y la mentira, entre el perdón y el resentimiento, entre hacer lo correcto o seguir el camino más fácil, se libra también una pequeña batalla espiritual.
San Miguel nos enseña que la respuesta comienza poniendo a Dios en el centro.
“¿Quién como Dios?” puede convertirse entonces en una oración para nuestra vida. Cuando el orgullo nos hace creer que no necesitamos a Dios, cuando una dificultad parece imposible de superar o cuando el mal parece tener la última palabra, su nombre nos devuelve una certeza fundamental: Dios continúa siendo Dios y nada escapa de sus manos.
Al acercarse la fiesta de los Santos Arcángeles, pidamos especialmente la intercesión de San Miguel para permanecer firmes en la fe, resistir aquello que nos aleja de Dios y defender con valentía todo lo que es verdadero, bello y bueno.
San Miguel Arcángel, príncipe de la milicia celestial y protector de la Santa Iglesia, ruega por nosotros.
