Cronograma de su vida
- 1586
- 1606 - 1615
- 1615 - 1617
- 1668 - 1671
No podrían faltar rumores y comentarios en la sociedad limeña sembrando posibles dudas: ¿no eran víctimas de embustes de la imaginación para una vida “tan virtuosa” como de una mística nada común?, ¿no eran víctimas de una hipocresía, invenciones forjadas por una embustera engañadora del mundo, que fingía santidad sacrílegamente?
¿Por qué sendas condujo el Salvador a la Patrona del nuevo mundo, hasta la cima de la perfección cristiana? Ella que había seguido los pasos de su mentora y directora espiritual, Santa Catalina de Siena, terciaria, como ella de la Orden Dominica…
Preciso sería verlo confirmado por el Sumo Pontífice, maestro infalible de la verdad en la tierra, lo que causa admiración y espanto en la Bula de Canonización reconociendo sus virtudes heroicas. Pocos santos habrán podido repetir como ella las palabras del Apóstol: “Estoy enclavada en la Cruz de Mi Señor Jesucristo. Vivo, pero no yo; sino que vive Jesucristo en mí”. Con dificultad se encontrará en la historia eclesiástica un ejemplo más acabado de la abnegación, es el Apóstol de las gentes que nos dice: “Mortificad los miembros del pecado, que es vuestro cuerpo de corrupción y de muerte”.
Corrían esos años cuando media docena de barcos dirigidos por el corsario holandés Joris Spitsbergen estaban prontos a desembarcar en el puerto del Callao al mando de 300 hombres bien pertrechados. Alarma y terror, pues Lima en el momento estaba desguarnecida y sin brazos varoniles para defenderla. Siendo los corsarios calvinistas, era más que cierto que a más de saquear la ciudad, irían a robar los cálices, todo tipo de objetos de oro dedicados al culto o no. Pero lo más doloroso es que iban a profanar el Santísimo Sacramento.
Ante la dolorosa situación, Rosa reúne algunas mujeres que presurosas se dirigen a la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario para pedir la ayuda celestial. Ante los rumores de desembarco, ven a una Rosa decidida que sube al altar, corta sus vestidos, arremanga sus hábitos y se pone en postura de con su cuerpo, defender a Cristo en el Sagrario. Pero… ¡Milagro de Su Divino Esposo!, inusitadamente las condiciones atmosféricas se vuelcan contra los protestantes corsarios que pasado algún tiempo deciden llevar anclas y dejan los tesoros que ya tenían a merced en la Lima colonial. ¡Es que una nueva Esther del Antiguo Testamento, una Juana de Arco limeña, cambió la historia, alcanzando esa Gracia ante el Trono de Dios! Para Él no hay imposibles.

Cuántas veces se postraba a los pies del confesor para acusarse a sí misma anegada entre lágrimas y sollozos, “partía sale el corazón exhalando de lo profundo tantos suspiros, que no parecía creíble ser tan grave el sentimiento, sino fueran enormes los delitos que confesaba”.
Rosa predijo que moriría en la casa de su bienhechor y confidente Don Gonzalo de la Maza (contador del Tribunal de la Santa Cruzada), y fue en su casa donde vivió los últimos años de su vida. Habiendo enfermado de hemiplejía, se le oía exclamar “Nunca pensé que tuviese que sufrir tanto, pero Jesucristo me concede valor para soportarlo todo”.
Estando ya en su lecho de muerte, fue su madre a visitarla, a instancias de obediencia le pidió dijese dónde estaban los dolores físicos que más padecía. Ella cándidamente respondió que: “desde lo alto de la cabeza hasta la punta de los pies se hallaba atravesada como con un dardo abrazado con ardores insoportables, presa con igual tormento de ardores insoportables, que se le hacían ceniza los huesos y que parecía que le sacaban con tenazas ardiendo las médulas y nervios”
“En una fiesta de San Bartolomé iré siempre para estar cerca de mi Redentor”. Y fue así como sucedió el 24 de agosto de 1617, después de terrible y dolorosa agonía expiró en brazos de Doña María de Uzátegui, esposa del contador De la Maza, por quien fue amortajada. Le cantaban alrededor del cuerpo ya con el alma en el Paraíso: “Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor”. Fue Don Gonzalo quien pidió sea ella retratada en su lecho de muerte, gracias a ello tenemos su retrato pintado por el italiano Angelino Medoro.
Al recibir el Santísimo Sacramento contó a instancias de Fray Lorenzana, que “Nuestro Señor la exhortó brevemente, pues ahora el tiempo del calor y luces del Sol Eucarístico que hacía la última visita llenando su alma y cuerpo de bienes y resplandores”
El día de su muerte, las campanas de Lima repicaron como si se tratara de una fiesta solemne. Multitudes acudieron a despedirla, y su funeral fue considerado un acontecimiento público de gran relevancia, con presencia de autoridades civiles y eclesiásticas.
Lima en pleno y localidades enteras acudieron a despedir o mejor a venerar los restos de la primera santa de nuestra América, por ello las exequias duraron varios días, su cuerpo había sido donado a la Orden de los Dominicos. En el recorrido desde dicho convento hasta la Catedral, distante 3 cuadras, fue concedido que la primera cuadra llevaron su ataúd los Monseñores de la Catedral, como lo hacían cuando moría un Arzobispo, la segunda cuadra lo llevaron los senadores (u oidores) como lo hacían cuando moría un Virrey, por fin la tercera cuadra los llevaron los religiosos de las comunidades para demostrarle su gran veneración.