REGINA
VIRGINUM

Regina Virginum es una Sociedad de Vida Apostólica de derecho pontificio (c. 731) cuyas hermanas adoptan los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia mediante votos privados. Inicialmente, fue formada por unas pocas jóvenes que deseaban vivir una vida fraterna en común bajo el signo de la caridad, para vivir mejor la espiritualidad según su propio carisma y propósito (CC 3). La Sociedad reconoce a Monseñor João Scognamiglio Clá Dias como su fundador, inspirador y guía.

Su propósito es colaborar en la evangelización y la catequesis para la difusión del Evangelio en todo el mundo (PO 12), dedicando especial esfuerzo a la sacralización de los valores temporales, impregnándolos del espíritu evangélico (AA 7) y, en el ámbito espiritual, procurando la santificación de las almas, buscando guiarlas a la perfección según el consejo de Nuestro Señor: «Sed, pues, perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48).

La Sociedad nació como expresión del carisma de los Heraldos del Evangelio aplicado a las especificidades de la vida religiosa femenina, pero con total independencia y autonomía en cuanto a origen, gobierno y administración, actuando en comunión de métodos y objetivos con la mencionada Asociación Privada de Fieles.

Aunque los orígenes del grupo son mucho más remotos, no fue hasta 1996 cuando decenas de jóvenes dieron el paso definitivo para fundar un instituto de perfección, expresando el deseo de preservar su virginidad por amor a Jesús y de vivir en comunidad.

Los estatutos lo expresan de la siguiente manera: “La sociedad nace de la expresión del carisma de los Heraldos del Evangelio aplicado específicamente a la vida consagrada de las mujeres, en la manifestación de la voluntad de trabajar en común con los métodos y por los fines de dicha asociación, y buscando expresar las características propias de la virginidad y de la dignidad de la mujer de manera especial en un mundo secularizado (Mulieris dignitatem 10, 20) , y “en virtud de su entrega vivida en plenitud y con alegría, las mujeres consagradas están llamadas de modo muy especial a ser signos del tierno amor de Dios hacia el género humano y a ser testigos privilegiados del misterio de la Iglesia, Virgen, Esposa y Madre” (Vita consecrata 57)”.

Inspirada en la luminosa enseñanza del Concilio Vaticano II y colaborando en la misión de la Iglesia, la sociedad busca ‘penetrar y perfeccionar el orden temporal con el espíritu del Evangelio’ (Apostolicam Actuositatem, 5), transmitiendo ‘el mensaje del Verbo Encarnado en términos que el mundo sea capaz de comprender’ (Evangelica Testificatio, 9), especialmente mediante la presentación clara y atractiva de la belleza —esplendor de la verdad y de la bondad— y ayudando a la humanidad a redescubrir la sacralidad de toda criatura y, de modo particular, de toda persona, como reflejo visible del Dios invisible (Rm 1,20).

Con el ardiente deseo de ver realizada esta misión de la Iglesia, tal como fue encomendada por Jesucristo y que sigue repitiéndose veinte siglos después —¡Adveniat regnum tuum!—, se busca que, en palabras del fundador, ‘la humanidad obtenga plenamente los efectos del derramamiento de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo’ (9 de octubre de 2000), mediante ‘un cambio en los modos de vivir, en la mentalidad y en los corazones’ (Evangelica Testificatio, 52).