
El XXV Aniversario de la Aprobación Pontificia concedida a los Heraldos del Evangelio por el Santo Padre San Juan Pablo II, fue celebrada con una solemne Misa en la Capilla de nuestra Comunidad en Lima por Mons. Guillermo Inca Pereda, secretario adjunto de la Conferencia Episcopal Peruana, el pasado 23 de febrero.
Remarcaba él durante el sermón que: “La Aprobación Pontificia es un acto solemne por el cual la Iglesia, a través del Sucesor de Pedro, reconoce oficialmente un carisma como auténtico, digno de confianza y orientado al bien común del Pueblo de Dios. No es un mero trámite administrativo, sino un discernimiento eclesial profundo.

En su dimensión teológica, esta aprobación expresa que el Espíritu Santo actúa en la historia, suscitando carismas que la Iglesia acoge, purifica y confirma para la edificación del Cuerpo de Cristo. Es, por tanto, un sello de comunión con la Iglesia universal y una inserción plena en su misión evangelizadora.”

La aprobación pontificia confiere estabilidad jurídica, identidad eclesial y misión universal, es un sello de comunión eclesial y garantía de autenticidad carismática.
Contemplamos con gratitud el carisma específico que Dios ha suscitado en los Heraldos del Evangelio, un carisma que se distingue por su profunda eclesialidad, su ardor mariano y su dinamismo evangelizador marcado por el sentido de lo sagrado.
Su espiritualidad está profundamente marcada por la dimensión mariana, reconociendo en la Virgen Santísima la formadora de apóstoles y modelo perfecto de consagración. En un mundo que con frecuencia banaliza lo sagrado, los Heraldos recuerdan la fuerza evangelizadora de la belleza litúrgica, la dignidad del culto y el testimonio público de la fe. Su misión manifiesta que la belleza y la sacralidad conducen las almas a Dios y despiertan el deseo de lo eterno.

Enalteciendo la figura de nuestro Fundador Mons. Juan Clá, así se expresaba: “Conviene, aquí, recordar al estimado Mons. Joao Scognamiglio Clá Dias, cuya figura sacerdotal está profundamente unida al nacimiento, configuración y expansión de los Heraldos del Evangelio. Fue Él, quien, movido por el Espíritu, sembró las semillas de una profunda devoción mariana, de un fuerte amor a la Iglesia, y de una notable energía misionera en el corazón de sus Heraldos”.
Incluso ante toda prueba, afirmaba él: “La prueba no destruye la obra de Dios, la purifica y la fortalece. Las dificultades, cuando se viven con fe, se convierten en camino de maduración y autenticidad carismática. Dios permite las pruebas no para debilitarnos, sino para purificar nuestra fidelidad”. Con palabras tan llenas de unción como de Fe Mons. Inca nos instaba a “que el Señor fortalezca su vocación, para seguir proclamando, con la vida y la misión, la belleza perenne del Evangelio”
